Hace apenas unos días, el volcán Anak Krakatau, en Indonesia, volvió a mostrarnos la enorme fuerza que todavía guarda nuestro planeta.
Entre el 4 y el 6 de septiembre de 2026, el volcán tuvo un episodio de erupción continua que duró aproximadamente 25 horas. Se escucharon fuertes explosiones y retumbos, se observaron emisiones incandescentes y cenizas volcánicas, y las autoridades indonesias mantuvieron el nivel de alerta en III, Siaga, recomendando no acercarse a menos de tres kilómetros del cráter activo.
Pero ¿quién es realmente Anak Krakatau?
El hijo del Krakatau
Su nombre significa literalmente “hijo del Krakatau”.
Y no es una forma poética de llamarlo: Anak Krakatau nació precisamente después de una de las erupciones volcánicas más famosas y devastadoras de la historia.
En 1883, el antiguo volcán Krakatau entró en una gigantesca erupción. Parte de la montaña colapsó y se produjo una enorme caldera en el estrecho de Sunda, entre las islas de Java y Sumatra.
La explosión y, sobre todo, los tsunamis que siguieron provocaron más de 36.000 muertes. Las grandes olas alcanzaron las costas de Java y Sumatra y la destrucción fue enorme.
Pero la historia del Krakatau no terminó allí.
Dentro de aquella enorme caldera, el magma continuó buscando su camino hacia la superficie. Décadas después, comenzó a emerger un nuevo cono volcánico.
Así nació Anak Krakatau.
Desde 1927 se han registrado numerosas erupciones en este joven volcán. Es decir, estamos ante una montaña que, geológicamente hablando, es prácticamente una recién nacida.
¿Por qué entra en erupción?
La explicación está en el interior de la Tierra.
Anak Krakatau se encuentra en una zona donde las placas tectónicas interactúan intensamente. El movimiento de estas enormes placas permite que material caliente procedente del interior terrestre ascienda.
Cuando el magma se acumula y aumenta la presión de los gases que contiene, busca una salida. Si consigue llegar hasta la superficie, tenemos una erupción volcánica.
En estos días, los científicos indonesios han registrado diferentes tipos de actividad sísmica y eruptiva. El informe oficial del 7 de septiembre señala que durante el período de observación se produjeron varios terremotos relacionados con la actividad del volcán y episodios de erupción de tipo stromboliano.
¿Qué tan peligroso puede ser?
Anak Krakatau nos recuerda que un volcán no tiene que ser el más grande del mundo para resultar peligroso.
Puede expulsar cenizas, gases, rocas y lava. Y existe además un peligro particular: cuando una parte del volcán se derrumba hacia el mar, puede generar grandes olas o incluso un tsunami.
Eso fue precisamente lo que ocurrió en 2018, cuando un colapso del flanco del volcán provocó un tsunami en el estrecho de Sunda.
Por eso las autoridades indonesias vigilan no solamente el volcán, sino también el nivel del mar y las condiciones de la zona.
La naturaleza también necesita que la dejemos respirar
Cuando vemos imágenes de una erupción como la de Anak Krakatau, podemos sentir que estamos contemplando una naturaleza destructiva.
Pero la naturaleza no está intentando destruirnos. Está haciendo lo que ha hecho durante millones de años: cambiar, crecer, desaparecer y volver a comenzar.
Después de una erupción, incluso un paisaje cubierto de cenizas y lava puede convertirse con el tiempo en un nuevo ecosistema. La vegetación vuelve, los animales regresan y la vida comienza otra vez.
Y aquí aparece una reflexión que considero todavía más importante.
Los bosques no son solamente un hermoso paisaje. Son fundamentales para regular el clima, proteger los suelos, conservar el agua y absorber dióxido de carbono. Por eso, mientras la naturaleza es capaz de reconstruir lentamente sus bosques después de una catástrofe volcánica, nosotros estamos destruyendo bosques mucho más rápidamente en diferentes lugares del planeta.
Se talan árboles para ampliar cultivos, para producir materias primas y para obtener recursos minerales. La Amazonia, los bosques del sudeste asiático y los ecosistemas africanos sufren distintas formas de presión.
La Tierra sabe volver a empezar. Nosotros deberíamos aprender a no destruir aquello que ella tarda décadas o siglos en construir.
Quizás esa sea una de las lecciones que también nos deja Anak Krakatau.
Un volcán puede destruir un paisaje en unas horas.
Pero un bosque puede necesitar generaciones enteras para volver a crecer.
Y mientras observamos fascinados cómo un volcán nacido de una catástrofe vuelve a rugir, sería bueno recordar que la naturaleza tiene una extraordinaria capacidad de regeneración… siempre que nosotros le demos la oportunidad de hacerlo.
Foto de News.com au